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Susan Sontag en unos de los ensayos publicados en su libro “Sobre la fotografía” nos relataba cómo no era lo mismo presenciar una operación en un quirófano que ver fotografías sobre ello. No es lo mismo porque in situ el que observa puede ser dueño de lo que mira, mientras que en una fotografía, al reflejar un sólo instante, nuestra mirada es dirigida por quien compuso la escena sin opción alguna por nuestra parte.

Con Joel-Peter Witkin, nuestro ojo se encuentra de lleno con una imágen a priori desagradable en nuestro ideal universo de lo bello. Sus representaciones revuelven, asquean, nos hacen cerrar los ojos o mirar para otro lado. Lo que en pintura nos agrada, aunque estemos ante las pinturas negras de Goya, en fotografía nos repele. Y ello es debido a que estamos ante retazos de realidad, aunque a veces sea una realidad inventada, maltratada.

No es extraño, que Witkin, fotógrafo nacido en Nueva York que se formó en escultura, recurra en muchas de sus fotografías a cuadros de la historia de la pintura. No es de extrañar que mezcle Las Meninas de Velázquez con El Guernica de Picasso. O que convierta algo tan bello como La Venus de Botticelli en una postal horrenda.

De algún modo se apodera de los personajes de Diane Arbus y los inserta en escenas inspiradas de la mitología clásica o la Biblia. En este sentido, Witkin es una poderosa fuente de recursos basados en los pilares que han sustentado la historia del arte durante siglos. Pero él los presenta a su manera.

Su mundo es el de los transexuales, los mutilados, los enfermos. Su concepción de la fotografía se aleja de lo bello, pero de algún modo atrapa, queremos seguir mirando sus obras porque nos enseñan algo que nuestra imaginación no alcalza a crear. Es la fascinación por lo desconocido lo que nos hace dar gracias de no estar presente en la sesión fotográfica, sino de ver la obra terminada.

Fotógrafo | Joel-Peter Witkin
Vídeo | Youtube

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