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¿Estamos obsesionados por la Alta Definición (fotográfica)?

Vaya por delante, que el presente artículo pretende ser, con toda humildad, un alegato hacia los orígenes y la esencia de la fotografía misma desde el punto de vista artístico. Vaya por delante que, en determinados trabajos fotográficos mantener unos estándares exigentes de calidad de imagen y equipo técnico es imprescindible. Vaya por delante que una técnica impecable y un equipo de alta gama permiten obtener resultados magníficos pero no aseguran fotografías con alma. Pero, me pregunto: ¿Estamos obsesionados por la Alta Definición (fotográfica)?

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Procedente de de algunas conversaciones que mantenía en Facebook con mi amigo Javier Prieto (no desesperes escaneando negativos,¿vale?), al hilo de su desesperación por conseguir mayor calidad con sus siempre loables esfuerzos en el terreno de la lomografía y lo fotoquímico.
¿Estamos obsesionados por la Alta Definición (fotográfica)?
También esta reflexión nace de otra conversación que mantenía con otro amigo, David González Forjas, sobre este asunto mientras tomábamos un café y mirar, atontados los dos, el libro de Steve McCurry: The Iconic Photographs (del cual ya os hablaré en unos días) y en la que pensábamos que dichas fotografías realizadas por el maestro McCurry adolecían en muchos casos de falta de nitidez o de ciertos problemas técnicos (en ocasiones ruido o negros empastados) pero que dichos “supuestos defectos” no eral tales sino que se veían claramente superados por el mensaje de la fotografía, por su lenguaje visual, su discurso visual.

Fotografías imperfectas: Sí, gracias

La reflexión nacía de una fotografía realizada el sábado pasado que pude realizar a uno de nuestros grandes actores, Pepe Sacristán, el cual representaba la obra: Yo soy Don Quijote de la Mancha. Repasando algunas de las fotografías que pude hacerle me di cuenta (de nuevo) de mis limitaciones técnicas, de la falta de conocimiento que tendré siempre y de las ganas que tendré siempre de mejorar.

Alfonso Domínguez - Pepe Sacristán Alfonso Domínguez

Repasando dicha fotografía vi que tenía muchos defectos. El caso, es que la toma, mejorable técnicamente en muchos aspectos con seguridad es, por el contrario, uno de los retratos de los que más me dice y me satisface de todos cuantos he hecho durante ese proyecto personal que llevo realizando en los dos últimos años. Tal vez es la mirada serena, seria y tranquila de este grandísimo actor lo que me lleva a fijarme más en ese aspecto, en lo que me dice la persona, que en otros aspectos más técnicos.

Obsesión tecnológica que no técnica

Quizás ese cierto grado de obsesión por el perfeccionamiento técnológico (perfeccionamiento ligado a lo bueno que pueda ser el equipo utilizado) nos lleva en ocasiones a desechar fotografías propias algo desenfocadas o trepidadas (que pueden estar muy bien). No hablemos ya cuando el trabajo es de otros o está realizado con un ‘maldito iPhone’.


Supongo que esta sensación, una vez que se acepta, resulta ser una carrera constante contra ese desmedido afán acaparador de recursos digitales o fotoquímicos – porque ni todo lo fotoquímico es ‘cool’ ni todo lo digital es mejor -, resulta ser una pregunta que hemos de responder con sinceridad: ¿Qué quiero yo de la fotografía?

Vuelta a la esencia de la fotografía

Llegados a ese punto no queda otra que parar. Realmente estamos equivocados. Perdemos la esencia de la fotografía en favor de la tecnología además de confundirlo con la técnica. Tal vez, si nos olvidamos de esa obsesión podemos descubrir el verdadero mensaje, en mi opinión, el lenguaje visual por encima de un mundo tecnológico que nos vende la alta definición como una verdadera necesidad, totalmente imprescindible para nuestras vidas. Está ahí fuera, solamente hemos de concentrarnos un poco para verlo y disfrutarlo. Supongo que es un viaje por el que pasamos muchos o que tal vez pase solamente a unos pocos.

Lo único de lo que estoy seguro es que esa “alta definición” fotográfica buscada por muchos como santo grial que cambian sus equipo cada vez que sale el último modelo, no tiene que ver, para nada, con lograr fotografías con alma.

Fotografía de portada | Javier Prieto

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