
Después de muchos años, la fotografía digital se ha establecido hasta un nivel en que a la mayoría de la gente le resulta extraño ver a alguien con una cámara de carrete al cuello. En todo este tiempo, miles y miles de fotógrafos de toda la vida han hecho un esfuerzo en migrar sus equipos químicos en electrónicos, adaptando flujos de trabajo y haciendo a veces enormes inversiones. ¿Tiene sentido entonces plantearse la vuelta atrás?
Para los que ya somos nativos digitales, comprar una cámara de carrete (o desempolvar la de nuestros padres o abuelos) puede resultar una jugada complicada, pero es algo que perfectamente se puede conjugar con nuestro sistema actual, especialmente si comparten la misma montura.
Como sé que no soy el único que se ha planteado esta vuelta a los orígenes, voy a intentar responder a la pregunta que me llevan haciendo los últimos meses, en los que me he embarcado en esta aventura de hacer fotos “como se han hecho toda la vida”: ¿por qué molestarte en andar peleándote con carretes?





