
Es difícil no quedar maravillado ante el espectáculo que nos ofrece una noche clara y sin luna desde un lugar alejado de la contaminación lumínica que producen las ciudades. Pero es más difícil todavía no quedar maravillado ante una de esas imágenes del profundo cosmos que estamos acostumbrados a ver en los libros de astronomía.
Seguramente pensemos, con algo de razón, que esas fotografías están tomadas por expertos astrónomos con gigantescos telescopios y equipos muy sofisticados desde observatorios situados en la cima de algún volcán nevado, y probablemente sea cierto. Pero, sobre todo en los últimos años y con la llegada de cámaras digitales más sensibles y con mayor resolución, se ha modificado ligeramente el panorama.


