
Permitidme que hoy, tras un largo puente casero, me ponga melancólico. Y no es que yo sea defensor de lo analógico, ni mucho menos, ni que eche de menos el carrete. Me encanta la tecnología y me encanta que el mundo de la fotografía avance, pero hay algo que si echo de menos.
Echo de menos llegar a casa y poder abrir el cajón de las fotos. Ese cajón donde guardamos fotos con 10, 20 o 30 años que nos hacen recordar nuestra infancia o momentos de nuestra vida que ya no recordábamos, y echo de menos que esas fotos estén estropeadas, viejas, con las esquinas dobladas, con arañazos e incluso sin color. Echo de menos que se note el paso del tiempo.
Y es que creo que uno de los peores defectos que podemos tener los fotógrafos actuales, entre los que me incluyo, es el de no imprimir nuestras fotos. Y esto, evidentemente, es debido a la inmediatez que nos ofrece la tecnología digital. ¿Para que imprimir las fotos si ya no nos hace falta? Pues ahí está el error.



