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Photoshop, nuevamente, en el punto de mira

Photoshop, nuevamente, en el punto de mira
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Hubo un tiempo en el que estaba de moda quejarse de intrusismo laboral y de que los puestos de informáticos estaban ocupados por matemáticos. Pues bien, debe ser que los matemáticos se quedaron sin sus ordenadores y ahora se han propuesto poner patas arriba la fotografía, calculadora en mano. Bromas aparte, si hace una semana os hablábamos de un algoritmo capaz de juzgar la calidad de una fotografía hoy lo hacemos de otro que pretende adivinar cuánto retoque digital tiene una imagen.

Por supuesto, la infamia del dedo acusador vuelve a apuntar a Photoshop, porque como todo el mundo sabe no existe otro software con el que tratar digitalmente una fotografía (nótese la ironía). El tema y la ignorancia desde la que se trata el mismo ya empiezan a cansar un poco. A pesar de que revivimos la historia cada cierto tiempo, cual Bill Murray en Atrapado en el Tiempo, no somos capaces de poner fin, definitivamente, a este atropello a la inteligencia.

Hace dos años que pudisteis leer aquí sobre una corriente surgida en Estados Unidos que pretendía dar la espalda al uso de Photoshop, corriente que visto lo visto no triunfó. Menos tiempo hace de aquella noticia en que se se deslizaba la posibilidad de que otra vez Estados Unidos, el país de las libertades, legislara en contra del uso del software de la polémica. Absurdo entre lo absurdo.

Lo último es el diseño de un método matemático capaz de cuantificar el procesado digital de una imagen, es decir, un software podría analizar una imagen y decirnos en una escala del 1 al 10 el nivel de tratamiento de la misma. ¿Para qué?, para nada. Todos sabemos que no se publica una fotografía sin que haya pasado previamente por las manos de un retocador, es algo aceptado. ¿Para qué necesitamos saber cuánto hay de maquillaje real y cuánto de virtual?

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La excusa oficial es que los retoques extremos desembocan en la idealización de las figuras públicas. Muchas personas querrán tener el mismo cuerpo o la misma cara que esa otra persona retocada que aparece en ésta o aquella portada de revista y que la imposibilidad física de alcanzarlo les conducirá, posiblemente, a trastornos, por ejemplo, de tipo alimenticio. La solución, para algunos lumbreras, es matar moscas a cañonazos y prohibir, que resulta lo más fácil.

¿Por qué no apostar por una cuidada educación y formación personal que nos lleve a discernir entre un rostro real y otro retocado sin caer en la trampa de quererlo para nosotros? Porque es más sencillo, rápido y barato prohibir. Pero ojo, este despropósito sólo sería el principio porque abierta la veda… ¿No engaña también el maquillaje? ¿No falsean la realidad los tacones, las fajas o determinados sujetadores? ¿Nos atreveríamos a oír cantar a capela a la mayoría de los cantantes que más música venden?

Llegará el día en que tengamos que dejarnos, para siempre, de tonterías y decidir entre dejar que los profesionales elijan con libertad, rindiendo cuentas ante el sentido común, entre todas las herramientas de que dispongan o prohibirlo absolutamente todo. Yo apuesto por lo primero, ¿y tú?

Foto | David Blackwell

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