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Desde siempre, uno de los mayores retos a los que se enfrenta un fotógrafo es el de conseguir plasmar adecuadamente los colores. Pero si algún aspecto del color merece una mención aparte, es el que se refiere al color de la piel humana.

La llegada de la fotografía digital no ha facilitado las cosas, pues ahora los programas de revelado y procesado digital permiten manipular los colores hasta extremos no vistos en el los laboratorios. Una ventaja, pero también un trabajo añadido para el fotógrafo. De hecho, con la fotografía sobre diapositivas, el laboratorio era quien asumía todo el trabajo en base a las especificaciones de la película. Con la fotografía digital, aunque esto siguiera siendo así, el fotógrafo no puede desentenderse de este proceso al 100%. Y esto sin contar aspectos más creativos, como veremos más adelante.

Conseguir el color exacto de la piel

Actualmente, para conseguir colores fieles a través de fotografía digital, lo más rápido es utilizar una adecuada gestión de color. Esto es, en términos generales, intentar recrear la máxima fidelidad de color a través del uso de tarjetas de color, software especializado y dispositivos perfectamente calibrados.

Sin embargo, el proceso no suele terminar ahí. Y es que los colores reales, para muchos fotógrafos, suelen resultar “aburridos”. De modo que este no ha sido más que un primer escalón para dar paso a una fase más creativa en la que el fotógrafo trata de obtener la fotografía tal como él la interpreta en su cabeza.

¿Por qué nos cuesta tanto tratar el color?

Cuando Ansel Adams creó el sistema de zonas, en realidad no enunciaba más que un método para simplificar todos esos pesados cálculos y tablas logarítmicas que convertirían la fotografía en una disciplina sólo asequible para ingenieros. Convertir la imagen en una escala de unos pocos niveles de luminosidad, que son representados por números, nos da una idea de lo necesario que es para nosotros utilizar herramientas cuantificadoras del color más allá de la percepción que nos da nuestro propio ojo.

sistema zonas

No vamos a profundizar aquí en el sistema de zonas, tranquilos. Sólo era un ejemplo para ilustrar como para trabajar el color de la piel vamos a necesitar algo más que nuestro instinto y nuestro ojo clínico (también muy importante, pero no suficiente).

El sistema ocular de los seres humanos tiene una característica especial que no tienen las cámaras de fotos. Es capaz de ajustarse de forma dinámica a la temperatura de color de una fuente de luz determinada. Si os dais cuenta, sois perfectamente capaces de evaluar un color independientemente de si la luz de vuestro entorno es cálida o fria. Esta habilidad se llama constancia de color. Y nos permite reconocer perfectamente un blanco aunque la luz sea verde o amarilla.

Esto está muy bien para nuestra vida diaria pero también nos genera un problema cuando trabajamos con fotografías en color: cuando empezamos a mirar un objeto, nuestro cerebro se adapta para que captemos el color de la manera más neutra posible. Tal vez seamos capaces de detectar que hay alteraciones en el color de la luz, pero la constancia de color nos impide ver fácilmente qué dominante produce esa alteración. Por eso necesitamos convertir los colores en números. No nos podemos fiar al 100% de lo que nos dicen nuestros ojos.

Las curvas Lab y RGB

Tanto si trabajamos con imágenes en blanco y negro como en color, hay un paso necesario que es el de crear un contraste y un tono adecuados en la imagen. La forma más habitual de conseguirlo sería utilizando las curvas. De nada nos sirve intentar conseguir un buen tono de piel si no aprovechamos al máximo el rango dinámico de la fotografía, o la piel no está correctamente expuesta.

Sin embargo, hay que advertir que cuando se modifica el contraste de la imagen utilizando curvas RGB, también alteramos la saturación del color. Observad la siguiente imagen. En ella tengo abierto un díptico en Photoshop en el que la imagen de abajo es una capa a la que he aplicado un aumento de contraste a través de las curvas RGB. ¿Observáis como los colores también sufren una sobresaturación?

curvas RGB Fotografía de Sergio Perea

Si queremos modificar el contraste de una imagen sin alterar su color podemos hacerlo de dos formas: convertir la imagen a modo Lab para trabajar sobre la curva de luminosidad, o quedarnos en modo RGB pero crear una nueva capa con el modo de fusión “Luminosidad” y aplicar sobre ella las curvas. Veamos lo que ocurre al aplicar la misma variación de contraste a través del canal luminosidad en la foto de abajo del díptico:

curvas Lab fotografía de Sergio Perea

El modo CMYK

Muchos fotógrafos utilizan el modo CMYK porque consideran que facilita la consecución del color de la piel modificando los valores de Cian, Magenta y Amarillo. Hay tablas y valores predeterminados que los fotógrafos utilizan como referencia. Por ejemplo: la piel caucásica podría ser perfectamente un color en el que hubiera el mismo nivel de Magenta que de Amarillo, un tercio o un cuarto de valor de Cian. Por supuesto existen muchos más tonos de piel (sin ir más lejos los que corresponden a diferentes grupos étnicos), este es sólo un ejemplo.

¿Y cómo evaluamos esto? Pues con la herramienta estrella para estos casos: el cuentagotas. Poniéndola sobre un punto o varios cualesquiera de la piel, nos proporcionará los valores RGB y CMYK de esos pixels.

cuentagotas Fotografía de Sergio Perea

¿Y cómo podemos modificar los colores para ajustarnos al patrón buscado? Pues en este caso no tenemos más remedio que tocar las curvas RGB, canal por canal. Pero claro, estamos trabajando en CMYK. Así que debes pensar que el sistema RGB funciona por oposición a los valores CMYK: incrementando el rojo, reducirás el el cian; incrementando el verde, reducirás el magenta; e incrementando el azul, reducirás el amarillo. Con estas tres referencias, ya tienes todas las herramientas necesarias para trabajar el color en modo CMYK a través de las curvas RGB. Ahora simplemente, hay que practicar.

Influencias psicológicas

Además de las consideraciones relativas a conseguir un tono bonito de piel (para lo cual, como hemos visto, deberéis basaros en vuestra experiencia e incluso idearos unas tablas de valores CMYK genéricos para cada tipo de piel), hay consideraciones de tipo cultural o psicológico que tendréis que tener en cuenta si necesitáis mantener una cierta armonía en la fotografía.

piel etnica Fotografía de Sergio Perea

Por ejemplo: la piel de los niños debe ser un poco más rosada que la de los adultos. Las pieles oscuras de etnias africanas suelen tener más Magenta y Cian que otras pieles más caucásicas. En cuanto a la piel asiática, es evidente que tiene más amarillo. Y así, podríamos ir recorriendo uno a uno cada una de las tonalidades de color diferentes que hay en este planeta.

Conclusiones

Me hubiera encantado poderos dar una tabla de valores apropiada para cada etnia o tonalidad de piel, pero la conclusión de este artículo es que no existe el tono de piel ideal. Podría decir que ni siquiera se valoran igual estas tonalidades de piel cuando cambiamos a otra zona culturalmente diferente. Lo que para nosotros puede ser un color atractivo de piel, para un japonés o un indio puede ser una aberración. En ciertas culturas, el ideal de belleza apunta a tonos de piel claros mientras que el ideal de belleza occidental apuesta por pieles más bronceadas. Existen motivaciones culturales, psicológicas, estéticas y creativas que influyen en la elección del tono apropiado.

Foto de portada | Cedida por Vitaly Druchinin

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