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10 razones para volver al carrete (y II)

Después de la gran acogida (a tenor del número de comentarios) del anterior artículo, que contenía las primeras cinco razones, volvemos a la carga con las siguientes, ya menos técnicas y más centradas en la experiencia de uso, y por tanto bastante más subjetivas.

Quiero aclarar, en cualquier caso, que no tratamos de convencer a nadie de que deje completamente lo digital y se centre en lo químico: mi propósito es animaros simplemente a probarlo durante un tiempo, con el convencimiento de que cuando volváis a vuestro equipo actual (si es que lo hacéis) habréis evolucionado como fotógrafos.

Al fin y al cabo, localizar una cámara de carrete, tirar un par de ellos, y obtener algunos resultados es algo que está al alcance de prácticamente cualquiera, pero no quiero adelantarme porque vamos a ver esto con más detalle dentro de unos pocos párrafos.

Bathroom Hasselblad 503 CX + Carl Zeiss Planar 80mm 2.8 + Shanghai GP3 100. Foto: JuanRa Pérez

6. Dispararás menos fotos, seleccionando más

Hace poco adquirí una Yashica Mat de formato medio, que tira carretes de 120, con doce exposiciones cada uno. Como la cámara no tiene ningún sistema de medición de luz, cuando salgo a la calle con ella tengo que utilizar con un fotómetro externo (de la época, la mar de bonito) y trasladar los resultados a la cámara, afinando posteriormente la luz poco a poco cambiando la apertura o la exposición en pequeños pasos, a medida que voy moviéndome.

Al final, puedo tardar semanas en hacer esas doce fotos, que en mi cámara habitual podría haber disparado en poco más de un segundo de una única ráfaga.

Para hablar de esta vorágine de rápidas ultrarápidas, en inglés se utiliza la expresión “spray and pray”, que hace referencia a tirar muchas fotos, con la esperanza de que alguna salga buena: esto es perfectamente válido si nos soluciona la vida, pero la película será una ayuda para autoimponernos un mayor respeto por cada acción del obturador, cuidando con mimo cada encuadre.

También, y aquí entramos en un punto mucho más personal, creo que es positivo perder el pánico a no capturar un momento irrepetible: La sensación de tener exposiciones infinitas que nos dan las cámaras digitales hace que muchos aficionados repitan una y otra vez la misma foto por si acaso ha salido mal, pero (a no ser que cobremos por ello) no debemos tener tanto miedo a los errores. Descubrir un fallo tras el revelado es, a veces, la mejor manera de aprender una lección que no volveremos a olvidar.

7. Tendrás un mayor vínculo con los resultados

Muchos fotógrafos analógicos usan a menudo la palabra “magia” cuando hablan de su afición, con mucha más frecuencia que los que disparamos con electrónica, y esto no es nada casual: ya mencionamos en el anterior artículo que la fotografía de toda la vida nos da mayor contacto con la química, la mecánica, y la óptica, y el ser humano tiene el defecto o la virtud de atarse más a lo que puede ver, oler y tocar.

Por otro lado, en fotografía y en prácticamente cualquier área las limitaciones nos obligan a buscar métodos alternativos para superarnos. Se dice a menudo que quién pierde un sentido desarrolla más otros, y esto no es casual: una sensibilidad ASA y un balance de blancos prefijados desde casa, un número de exposiciones cerrado, y quizá una focal fija, pueden ser la motivación para encontrar la originalidad.

Cerrando y resumiendo este punto: menos fotos, más implicación y un contacto más físico pueden resultad la fórmula perfecta para amar cada fotograma con más pasión.

Adri Hasselblad 503 CX + Carl Zeiss Planar 80mm 2.8 + Kodak Ektar 100. Foto: JuanRa Pérez

8. Crea una conexión más profunda con los demás

Todo lo dicho en el punto siete se puede extrapolar al resto de personas, y de hecho muchas veces serán nuestros modelos o espectadores los que nos hagan descubrir el interés de un equipo que nosotros vemos desde un punto de vista más técnico. Tanto en mi breve experiencia lomográfica como en mi reciente aventura en el formato medio, he encontrado una receptividad excepcional entre los desconocidos, tanto que muchas veces han sido ellos los que me han abordado para pedirme que los retrate con esa cámara que les parece tan original (o que les trae tantos recuerdos).

Suponiendo que mi humilde experiencia no sea un hecho aislado (estoy seguro de que no lo es), la vuelta al carrete puede servir para despejar los miedos al callejeo convirtiendo tu equipo en un reclamo para que los retratos vengan a tí antes de que tengas que buscarlos.

En todo esto las Lomo tienen mucho que decir: Hace algunos meses, ojeando al azar una revista, descubrí unas declaraciones del conocido lomógrafo Pasquale Caprile, donde hacía una reflexión que me parece muy interesante en este sentido, hablando de cómo el proceso creativo analógico inculcaba a los niños una serie de valores muy importante para ellos: dedicación, paciencia, y que hay que disfrutar del instante, porque los momentos son únicos e irrepetibles.

9. Tendrás cámara y resultados para toda la vida

En un mundo donde las cámaras y los formatos de fichero cambian año tras año, y la obsolescencia se mide en meses, es agradable encontrar la seguridad de un valor estable, tecnológica e incluso económicamente. Mientras que aquellos que invirtieron en una de las primeras cámaras digitales se encuentran con un objeto con un valor puramente testimonial, muchas cámaras clásicas se venden aún como objeto de coleccionismo o incluso decorativo.

Habría que hacer una mención especial para ciertos objetivos clásicos, especialmente focales fijas luminosas para sistemas telemétricos, que después de años de abandono en el florecimiento de la fotografía digital, se han revalorizado hasta duplicar o triplicar el precio que tenían hace pocas décadas: un buen 50mm de una montura tradicional, por dar un ejemplo, puede haber pasado de cámara en cámara en las últimas cinco décadas, y nada impide que siga pasando algunas más como nuestro objetivo fetiche para retratos.

Con respecto a nuestro archivo fotográfico, pese a que soy un firme defensor del formato digital e incluso de “la nube”, es innegable que el papel también es un buen refugio para guardar nuestros tesoros: aún tenemos que descubrir cómo hará frente la tecnología a los cambios que se irán produciendo en el almacenamiento de formatos digitales, pero no parece haber ningún motivo que impida que dentro de 50 años le enseñemos a nuestros nietos las fotos que guardamos en una caja de zapatos en un altillo.

Kodak Brownie Kodak Brownie Nº2 de 1920 con Fuji Reala 100. Foto: Eloy Gómez

10. Simplemente, es un cambio, ¡y es barato!

Quizá os sorprenda cerrar con un punto que no tiene absolutamente nada que ver con la fotografía química, y que se puede aplicar desde a una Kodak Brownie de los 1900s hasta el Instagram que pulula por vuestro iPhone: frente a los atascos, no hay nada como un buen giro cerrado a otra vía.

Periódicamente nos llegan consultas sobre cómo frenar una mala racha creativa, y muchas veces os sugerimos iniciar un proyecto fotográfico, así que, ¿por qué no puede ser éste vuestro proyecto?

Tenemos todo un mundo de equipos de saldo llenando las estanterías de las tiendas de segunda mano y los mercadillos: una réflex con un zoom estándar, o una cámara manual de objetivo fijo, pueden conseguirse por muy poco dinero, y son suficientes para iniciarse en este mundo. De hecho, diría que si somos hábiles comprando, con menos de 60 euros podremos adquirir un primer equipo, tirar un par de carretes, e incluso revelarlos y positivarlos: después ya decidiremos si queremos o no seguir invirtiendo, o si la experiencia nos ha sido provechosa.

Con este consejo cerramos estos diez puntos, con el ánimo de provocar sano debate pero también con el propósito de abrir las posibilidades a los que han nacido ya en el mundo digital, o se han anclado tanto en él que han cerrado el resto de opciones. ¡Y no olvidéis compartir vuestros resultados con nosotros!

Foto de portada | Nina Across the Universe (Nikon FM2, Agfachrome 50 RS caducado, proceso cruzado)

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